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El regalo de Navidad
Este año Papá Noel ha sido mas austero que el año anterior, pero hay algo que mata mi curiosidad. Una tarjeta, dentro de un sobre negro, con una dirección, una fecha y una hora. Nada más.
Cada día miro la tarjeta, esperando el momento de usarla, de terminar con esta curiosidad que provoca tus miradas divertidas cada vez que me ves leyéndola.
Llega el día, no sé que voy a encontrar, pero impaciente paso las horas como puedo, me visto con unos tejanos y una camiseta. Afeitado y peinado, quien sabe que encontraré ahí. Llego puntual, llamo al timbre y me recibe una chica alta, rubia, con el pelo recogido en una cola, una bata blanca y unas sandalias como las que llevaría una enfermera. Me hace pasar a una habitación con una camilla de masajes, una mesita con botes y toallas, una silla y un colgador. Le pregunto a qué he ido, porque es un regalo y no me han explicado nada. Ella solo sonríe y dice soy masajista. Me pide que me desnude, me tumbe en la camilla y me tape con una toalla, mientras ella va a lavarse las manos y me deja intimidad. Unos minutos después oigo que entra en la habitación, mientras yo ya estoy tumbado boca abajo en la camilla.
El masaje es muy bueno, tiene unas manos ágiles y presiona los puntos adecuados. La verdad es que me hacía falta porque llevaba tiempo quejándome de las cervicales y me está sentando muy bien. El cuello, los brazos, la espalda, sus manos van bajando, hasta llegar donde empieza la toalla. Sus pulgares se cuelan debajo, para presionar bien las lumbares y luego pasa a las piernas. Empieza por los pies, gemelos, sigue subiendo mientras me olvido de todo, hasta volver a llegar a la toalla, volviéndose a colar debajo, hasta a ingle y saliendo. Nada me hace pensar lo que va a pasar a continuación.
Vuelve a acercarse a mi cabeza, las cervicales, las orejas y me susurra… es hora de darse la vuelta, pero con los ojos vendados. No espera mi respuesta, siento como todo se oscurece mientras me pone un antifaz, levanta un poco la toalla para que no se caiga y espera que me mueva. Sorprendido, pasa por mi cabeza un torrente de ideas mientras giro mi cuerpo, siento la toalla tapando mi pelvis de nuevo y sus manos en mis orejas, bajan a mi cuello y pasan por mi pecho. Respiro hondo mientras recorre mis caderas, de nuevo sus manos debajo la toalla, esta vez resiguen mis ingles, sus pulgares se juntan bajo mis testículos, presiona y acaricia. Sus manos forman un triángulo entre el que quedan mis testículos y mi pene que empieza a reaccionar. Cierra el triángulo y estira, haciendo que mis huevos se escapen y quede mi pene presionado, recorriéndolo como si fuera una boca que lo libera poco a poco.
Unos minutos después me siento duro, excitado, mientras sus manos siguen masturbándome, jugando con mi glande, lubricándome lentamente. Oigo un susurro, casi no entiendo sus palabras cuando dice “¿puedo?” y mientras un ¿qué? sale de mi boca, sin entender la pregunta, siento su lengua lamer la punta y sus labios recorrer mi tronco. Suelto un suspiro cuando sus dedos presionan mi base, me engulle y siento llenar su boca, la punta en la garganta y ella inspira hondo. No se mueve por un momento, se adapta y luego empieza con unos movimientos suaves, siento su lengua y un enorme placer me invade, sé que no aguantaré mucho más y ella también. Sin dejar de presionar los labios en mi pene, la saca despacio hasta tener solo el glande dentro, juega con su lengua y me pajea cada vez más rápido. Me tenso, aguanto un poco más ese placer hasta que un primer chorro llena su boca. No se detiene, mismo ritmo, mismo juego con su lengua, hace que me vacíe hasta que mi cuerpo se relaja y mi pene da la última sacudida. Sonrío, respiro agitado y me quito el antifaz para encontrarla. Sentada en una silla, con las piernas abiertas, la falda en la cintura y la blusa abierta, sigue masturbándose, pellizcándose los pezones hasta que mi mirada cruza la suya y se corre. Luego se levanta, se acerca a la masajista y la besa para quitarle ese líquido que tanto le gusta. Me sonríe y me pregunta, ¿Te ha gustado el regalo?
Era un regalo para los dos, y parece que lo ha disfrutado tanto o más que yo.